Terminaba de cenar con mi familia,
ayudé a levantar los platos y me fui dormir. Leí algunas historias para que el
sueño llegara con más facilidad, siempre lo hacía. De repente me levanté de mi
cama porque tenía sed, observé que las cosas en mi casa parecían diferentes.
Llegué a la heladera y ahí lo supe: me
encontraba en otro lugar. Corrí desesperadamente hacia afuera, y era la nada
misma, todo se encontraba desértico; el suelo se veía agrietado, no había gente y las casas de
alrededor estaban devastadas, parecía
que el mundo ya no existía. Me encontraba sola en ese ocaso sin lograr
entender que era lo que pasaba.
No sabía qué hacer, hacia dónde
seguir mi camino. Sentía que veía todo en profundidad y algo me atraía a ver
cada detalle, no había nada más que
tierra, y se percibía que no había ninguna salvación próxima, alrededor de mi
hogar. Comencé a caminar, en cualquier dirección, no sé cuál era porque ni el
sol ni la luna se veían; podría ser de noche o de día pero no podía
distinguirlo.
Luego de caminar varias horas comencé a ver un lejano resplandor, como si hubiera una ciudad o gente
con vida. Comencé a correr para llegar con rapidez a aquél lugar. Era una
burbuja, una burbuja gigante y transparente. Veía automóviles que volaban y
edificios tan altos que se interconectaban con tubos entre sí. Comencé a
asustarme aún más, ¿dónde me encontraba?; no sabía qué hacer, no tenía a nadie
a mi alrededor que me fuera de consuelo y me acompañara
en esta solitaria osadía.
Comencé a golpear lentamente la superficie de vidrio de la burbuja, o un material que parecía vidrio y contorneaba esa ciudad. De repente
una sombra luminosa abrió las anchas puertas y una alarma comenzó a sonar, la
cual repetía a su vez con voz robótica “alerta roja”. El corazón comenzó a
palpitarme, no podía más, me encontraba atrapada. Ellos parecían preguntarse
cómo podía haber alguien con vida fuera de esa burbuja.
Llegué a un lugar donde me bajaron y me
revisaron. Sentí cómo me desintoxicaban y me dijeron que tomara asiento, que
alguien vendría a verme. Estaba aterrada y desolada esperando lentamente para
ver quién abriría la puerta. Segundos más tarde, cruzó el umbral un hombre
esbelto y morocho de gran altura.
Todas
estas personas no eran normales, no me sentía para nada identificada con ellos;
yo estaba acostumbrada a otro tipo de gente y eso me aterrorizaba y me hacía
sentir aun más sola, lejos de mi gente.
Cuando
comencé a hablar con este ser de un nuevo
mundo, me preguntó cómo había hecho para sobrevivir todos estos años: después de lo que había pasado, nada había
quedado afuera del círculo en el que ellos se encontraban, no había agua ni
comida fuera de la burbuja. Yo no tenía las respuestas, no entendía absolutamente nada, me preguntaba dónde estaba toda mi familia.
Debido
a que nadie me conocía, tenían decidido encerrarme en un hogar de huérfanos. Yo no quería quedarme en ese lugar sola y comencé
a correr, no pararía hasta encontrar algo que me fuera conocido. Sentía que transpiraba; gritaba porque necesitaba a mi mama y
la llamaba desconsoladamente. De pronto,
una mano tomó mi espalda y a lo
lejos empecé a escuchar, “Hija, despertá, ¿qué
te ha pasado?”… y ahí desperté; estaba
acostada en mi cama toda traspirada y preocupada del pánico que tenía. Abracé a mi mamá y le dije: -Mamá, decime que
esto es un sueño, fue tan horrible y temeroso, nunca me dejes. Nunca quiero
encontrarme en el mundo en extrema soledad, ¿no estamos encerrados en una
burbuja, no? –
Gire
la cabeza al notar que mi mamá dirigió su mirada a la ventana. Vi, como en mi
sueño, aquellos autos y tubos, que me habían sorprendido minutos antes de
despertar.

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